sábado, 8 de febrero de 2020
PERDIGONES
Quiero desterrar la monotonía en mis días. Hoy me encuentro flotando en el espacio a gran altura, como si estuviera sentado o caminando en una nube. No me pregunten cómo lo he logrado, yo tampoco lo sé, quizá se hizo realidad solo con desearlo. Alucino. La vida allá abajo aparece como una mezcla entre lo real y lo soñado. Hay absoluto silencio y todo se ve ralentizado bajo una tenue veladura cromática que idealiza la realidad, como una pintura de Brueghel el Viejo. La ciudad es liliputiense y sus calles como cuerdas finas. Los coches son coleópteros diminutos que se anuncian por su brillo. Los trenes y los autobuses son orugas más o menos largas de las que no me cuesta imaginar que lo que sale de sus vientres en las paradas son personas. Hay puntos que se desplazan muy lentamente por las aceras, son cabezas humanas, perdigones. Imposible percibir si son hombres o mujeres, si visten con lujo o pobremente. No se sabe si caminan serios o alegres, si son esbeltos o enanos Todos simplemente perdigones, solo perdigones grises. Supongo que es una estupenda terapia para curar prepotencias personales o complejos de inferioridad. Perdigones en cuyo interior hierven mil pensamientos de todos los colores, aunque todos se ven como perdigones grises. Tampoco hay manera de saber si lo que imagino que son edificios son altos o bajos, terrazas o tejados si no son rojos. También se aprecian puntos verdes que serán árboles en parques. Mola mogollón esto de ver las cosas y la vida desde esta perspectiva. En días propicios, luminosos, repetiré la experiencia. Que no se me olviden los prismáticos.
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