lunes, 17 de febrero de 2020
DOS PINOS
Estamos en pleno invierno. Frente a mi ventana hay césped y dos pinos, inmóviles a veces como postales y otras veces balanceando sus ramas blandamente, sin ruido. Uno es tupido, corpulento, se ha empleado solo en eso, es chaparrete, tiene poca altura. El otro es más esbelto, como si hubiera pasado hambre, tiene las ramas más separadas y cóncavas, como manos abiertas esperando recoger en ellas el agua del cielo. ¿El Quijote y Sancho?. Detrás del seto hay otros árboles pequeños en la acera, unos con sus ramas secas y otros cargados de unas vainas marrones que no conozco, que parecen algarrobas de las que comíamos de pequeños con su vaina oscura, y que revientan en flores rosadas en primavera. Cabe pensar que, al llegar el frío, se ha producido en ellos una mutación, un relevo, escondiéndose las ramas en el suelo y saliendo a la superficie las raíces, hambrientas de luz, de oxígeno y de libertad. Los pinos lucen siempre su vestimenta verde, no se desnudan, tienen pudor, no les afecta la calvicie cada otoño como a los árboles de hoja caduca Hay fachadas al fondo en las que se recortan, el más alto, visto en perspectiva desde mi ventana, ya supera los tejados y llegó con su punta de lanza y con el viento a hacer cosquillas al cielo. En un espacio redondo y reducido entre los pinos hay plantas de rosales que ahora se ven tristes, parecen vides, pero que se vengarán con sus flores en primavera. Espero que habrá pájaros que escojan estos árboles para su sueño y sus sueños. ¿Sería demasiado pedir que alegraran nuestros amaneceres con sus trinos?, Parece ser que no, son pájaros mudos. Quizá más de una pareja decida colocar en ellos su apartamento propio o alquilado. Nos llevaremos bien, habrá buena relación de vecinos, ya he tenido algún pájaro por vecino.
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