viernes, 7 de febrero de 2020
EL DUERO
Soñé que en el océano, a gran profundidad, hay unos pecios desconocidos, nunca fueron localizados. En plena noche están perfectamente iluminados y limpios como si el barco se hubiera hundido ayer. Contienen en arcones cantidad de oro y plata, también pequeñas figuras enigmáticas hechas de estos mismos metales. Cuentan con grandes naves de seguridad, metálicas, cerradas. Pululan numerosos androides vigilando con la máxima atención. Son gigantescos. En su cara hay un solo ojo que observa fijamente con mirada fría, inexpresiva. Tienen otro ojo en la nuca, de ese modo lo controlan todo.. No duermen jamás. Un apéndice corto y grueso, como trompa, es su nariz. Y su boca es una raya cóncava que dibuja una sonrisa bobalicona. Tienen dos poderosos brazos a cada lado que terminan en ventosas. Su piel es oscura y brilla. Permanecen algunos acostados de lado, o de pié sobre su gruesa cola flexionada. Otros flotan sin más, dejándose acunar por las aguas, o se desplazan lentamente en todas las direcciones. No se aprecia que porten arma alguna. Son velocísimos nadando, como torpedos. Peces raros pululan sin prisa entre plantas exóticas de mil formas y colores. De repente la luz se vuelve roja, pintándolo todo de ese color agresivo que impresiona. Con la velocidad del rayo se movilizan todos los androides, con tensión de máxima alerta. Huyen con espanto. los peces del contorno. Se oye, lejano, un ruido sordo que aumenta poco a poco.. Comienza a percibirse en la lejanía lo que parece ser un ejército de androides también, que se acerca en formación. Al desplazarse levantan lodo que enturbia las aguas y dificulta la visión. Están ya muy cerca. En un instante queda sumido todo en una oscurida
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