viernes, 7 de febrero de 2020
AÑOS 40 - LA MATANZA II
La matanza del cerdo aportaba la base fundamental del sustento en aquellos tiempos austeros, junto con la legumbre, las patatas y la verdura. Y la ayuda precaria de la cartilla del racionamiento. Eran contadas las casas en que no se sacrificaba uno. En las familias que no eran labradores, los chavales se ocupaban de pelar diariamente hoja de negrillo para alimentarlo. Se sacrificaba en invierno, en la fase de luna apropiada. En su agonía -impresionante para los niños- el animal olvidaba su modo de expresión habitual, que son los gruñidos, y se despedía de toda la vecindad de una manera más contundente, a base de estridentes chillidos. Aunque presenciar la muerte del animal era un mal trago, resultaba un día festivo que rompía la rutina. Del cerdo se aprovechaba todo. El pan untado con tocino era una merienda suculenta. Y no digamos los jamones, los lomos, el chorizo, la morcilla... Los chillidos estridentes estaban sobradamente justificados por el espléndido regalo con que obsequiaba el animal a sus crueles matarifes, unos y otro se disputaban el valioso trofeo de la subsistencia. A pesar de que se administrara con mesura, no llegaba hasta la matanza del año siguiente: con suerte, y según su tamaño, se estiraba hasta el verano. Era frecuente que los chavales lleváramos a la escuela un envuelto con "la prueba", para el maestro, cuyo escuálido sueldo había inspirado un dicho muy socorrido: "Pasa más hambre que un maestro-escuela"... El hambre campeó a sus anchas en la capital de España. A pesar de la polución que padecen los madrileños aún queda mucha gente que podría testimoniarlo en primera persona.
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