jueves, 6 de agosto de 2015
SUMA Y SIGUE II
En relación con el número de lectores que me siguen y que aparecían en mi escrito de ayer relativos a los datos de septiembre de 2013, recibí algún correo de interesados por conocer los datos correspondientes a estas últimas fechas. Diré simplemente que ha crecido de una forma impresionante hasta el punto de que dudo si serán ciertos o si se tratará de una broma, una tomadura de pelo de los que manejan esto. En cualquier caso -como cabe imaginar-, de ese modo sigo en la brecha, aún más entusiasmado, mientras no suene la trompeta que me llame a filas, que espero que me dejará aún un tiempo en la reserva. Puedo asegurar que a esta hora, 7,30, la cifra de los que me están leyendo ya tiene una dimensión sorprendente. Es más, ya me han llegado varios testimonios de apoyo de otros lugares en los que rigen otros horarios. Pero me vais a permitir que me reserve ese dato, ya habrá tiempo de comunicarlo, lo dejaremos que siga creciendo. Debo reiterar mi agradecimiento a los que intervienen en la sombra y me ayudan de la forma que percibo. Y, por supuesto, de los que me siguen fielmente, aunque les endose algún bodrio de vez en cuando, ellos son parte fundamental de la buena marcha de este velero, soplando en sus velas. Gracias a todos. Está claro que aún hay gente buena. (Y esto va dirigido particularmente a esa persona que es familia mía "anexa", como se expresa ella, y su marido Pepe, primo y amigo, que me siguen con auténtico entusiasmo).
sábado, 1 de agosto de 2015
EL SOTO Y EL VERANO
El Soto y el verano eran pareja de hecho y daban buen juego, a pesar de que no estaba acondicionado, era solo piedras, espinos de moras y algún chopo. Pero le abraza el Porma por un lado y la presa, desgajada de él, por otro. Truchas en el río y cangrejos en la presa, Ya no me quedan apenas amigos de niñez. Pero sí recuerdo aquella tarde veraniega de domingo en el Soto, en el que nos llegaba, lejano, el repiqueteo de las campanas a la hora del rosario, más sonoras y graves que las que marcaba incansable, día y noche, El Maragato construido con madera de cerezo por el carpintero del pueblo. Éramos cuatro amigos merendando y revisando los reteles de vez en cuando. De repente, salió despavorido y gritando el que controlaba la pesca del crustaceo, rodeado de un halo de furibundas abejas o avispas a las que alertó, sin verlas, en su ubicación entre las zarzas y defendiendo así su territorio. Sorprendidos por el manoteo y gritos del amigo que corría, intentando defenderse del ataque aéreo, no dimos precisamente muestras de compañerismo, atacados por una risa incontrolable. Nos falló la empatía. Hasta que, lacerado, se lanzó a la presa, sumergido totalmente en ella a saber cuánto tiempo. Salio del agua, al fin, libre del ataque, pero con el cuerpo acribillado en las partes no protegidas por la ropa, y con el correspondiente cabreo por nuestra falta de ayuda y, de propina, por nuestras risas. No nos echó a la mierda y se fue, que parece lo más propio, pero pasó la tarde mudo y doblemente dolorido. Y nosotros avergonzados por nuestro insultante comportamiento. Ten amigos para esto.
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