Los niños derrochábamos imaginación y actividad con juegos hoy desconocidos, compitiendo en la calle o en el campo y en camaradería. En el juego de las canicas, de cristal o de barro, participaba cada uno con la suya, se impulsaban con los dedos a modo de ballesta para alojarlas antes que nadie en el "guá·", un hoyo hecho en el suelo que era tierra pisada en los pueblos, no cemento como ahora. El trompo era una peonza grande con un pico -"el rejo"- de hierro, que se suplía por otro más contundente hecho por el herrero del pueblo. Se le hacía girar enrollando en él una cuerda, la "guita", y arrojándolo con fuerza en el suelo. Carreras ciclistas, con las tapas de gaseosas, incrustando en ellas cromos de corredores destacados de la época, impulsadas también con los dedos por el trazado sinuoso de una carretera dibujada también en el suelo. El tirachinas, el bufón, pistolas y espadas hechas por los afortunados que tenían navaja. Criar con esmero gusanos de seda en cajas de cartón con agujeros, alimentados con hojas de morera o lechuga. Teníamos la oportunidad de seguir su laboriosa construcción del capullo -cárcel de sí mismos-, en la cual se convertían en fecundas mariposas que producían huevas y con ellas más gusanos, el ciclo completo de sus vidas. Y otros muchos juegos más. El salto de la comba era el juego de las niñas, acompañado de cándidas canciones. Muñecas de cartón, menajes de cocina, yoyós.... Y saltar de cierto modo sin pisar la raya sobre determinadas orientaciones marcadas en el suelo. Había también otro juego con una cuerda anudada, haciendo con ella figuras simétricas con las manos. Se pasaba muy bien sin echar de menos la tele o la informática. Para estos divertimentos habíamos nacido demasiado pronto...
(Los que no hayáis recibido los escritos diarios desde el día 17 de mayo en adelante, podréis encontrarlos en: julioruizmiranda1@gmail.com).
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