jueves, 22 de noviembre de 2018
EL REENCUENTRO.
Ha localizado a un compañero de colegio, un buen amigo que desapareció del internado aquella mañana fría, sin que tuviera la más leve referencia de su paradero hasta ahora, y por extraños vericuetos. Se desplazó hasta el hospital de la cuidad en el que le dijeron que residía. No le fue fácil reconocerlo,tenía señales de sufrimiento en el rostro, cinceladas por una enfermedad crónica grave y por el tiempo, como si fuera una copia mal hecha de si mismo. Se acercó hacia él con una mirada triste, vacía, perdida, si el más leve indicio de haberle conocido. De nada sirvieron sus alusiones a los años de convivencia en el colegio, de anécdotas compartidas, escuchaba con la misma indiferencia con la que lo haría un árbol. Sin mostrar también la más leve emoción cuando le habló de profesores y amigos comunes. Pasó un rato, que no puede precisar si fue largo o breve. Y desapareció de su vista con sus pasos cansados, conducido por un enfermero. Pero no se fue ya de su pensamiento, en él quedó grabada aquella experiencia dolorosa para el resto de su vida. El responsable del centro le comentó que sus días trascurren en una situación vegetativa desde hace tiempo, y que así seguirá hasta el final. Le disuadió de la idea de intentar llevarlo a otro lugar, nada podría lograr de positivo y su deterioro progresivo acarrearía una serie de problemas sin la más leve esperanza de recuperación. Despertó y tardó un tiempo en asimilar que no había sido real sino una dolorosa pesadilla. (Todo lo expuesto puede ser como lo he escrito o al revés: no recuerdo haber presenciado nunca una trifulca que haya terminado a mamporros)
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