miércoles, 3 de abril de 2013

LA PERORATA

 Comemos más bien tarde.  Yo me voy al salón y ella se  queda en la cocina recogiendo la mesa, fregando los cacharros  y pasando la fregona por el suelo.  Más de una vez la tengo dicho que podríamos comprar un lavavajillas, pero me sé de memoria su respuesta: "vah, total,  pa cuatro platos no merece la pena".  Es una de esas frases hechas, inevitables, que siempre la he escuchado. Yo  también tengo las mías añejas, pero ya, a nuestra edad, nos van a acompañar hasta que venga a acompañarnos la parca.  Debería echarla una mano colaborando más,  pero me justifica que vengo de tiempos en que los cocinillas estaban muy mal vistos.  Yo madrugo   porque me he hecho a  la idea de que es una forma de que el tiempo que me reste sea  más largo,  son horas de vida que recorto a las horas perdidas de sueño. Desconecto los audífonos a los que me condenó la sordera, y de ese modo, aislado de ruidos y con la televisión encendida,  me acuesto en el sofá y me sumerjo en una  siesta  reparadora.  En estos tiempos tan cambiantes que vivimos, es un consuelo que no haya desaparecido esa delicia del invento español con solera  que es la siesta.  A veces es un rato que no pasa de ser un sueño entrevelado, pero otros días  me toca vivir, en ese rato,  la   historia de los sueños rebosantes de fantasía.  Al colocarme de nuevo los audífonos me llega  la perorata femenina.  Vaya, pienso, ya me la he ganado porque hoy tampoco  me limpié  los pies en el felpudo y  manché el suelo.  Pero no, es  la  monserga de la tele que siempre llega a esta hora,  la de  contar lo de las isobaras   y que entran chubascos por el oeste....

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